No tiene una sola gota de agua potable y la que se consume se desaliniza del Mar de Omán. Su superficie es dieciocho veces menor que la provincia de Salta, pero su ingreso per cápita se aproxima a los 5 mil dólares mensuales. La velocidad de su construcción no tuvo ni tiene parangón en el mundo.
Es una mezcla de las Mil y Una Noches y Futurama, la arquetípica ciudad pensada por los arquitectos más notables. Nunca se ha visto algo así en la historia de la construcción. Tiene el edificio más alto del mundo, el shopping más inmenso, el Dubai Mall, y, en medio de la arena que la envuelve por las tardes, por los vientos provenientes del desierto, cuarenta y cuatro edificios de más de cien metros de altura.
Hace apenas sesenta años, tenía 60 mil habitantes, hoy 2.200.000. Pasó de pequeña ciudad a gran metrópolis. Para quienes la visitan por primera vez, el estupor comienza al observarla desde la ventanilla del avión. Todos los pasajeros, aunque no dispongan de vista exterior, se acomodan para disfrutarla.
Su aeropuerto, que en pocos años será el más importante del mundo, ya tiene un récord: posee 360 mangas, 150 más que el de Atlanta, hasta hace poco el Nº1. Recorrer sus instalaciones es admirar el mejor shopping que presenta cualquier estación aérea.
Una sorpresa, pequeña quizás, impacta al visitante al cumplir los trámites de migraciones: todos sus empleados son hombres, vestidos con una impecable túnica blanca, y el pasajero es atendido luego de sentarse en cómodos bancos. Los que entran son muy diferentes: por un lado, los adinerados y los ricos turistas, por el otro, los trabajadores que vienen desde Pakistán, Bangladesh, India o China. Estos son los marginados, quienes trabajan por un salario diez veces inferior al de un dubaití.
Los obreros extranjeros de la construcción, los más sufridos, cuelgan desde los edificios que se levantan un sugestivo cartel: “Por favor no trabajemos de 12 a 15”. La causa es muy sencilla, porque en ese horario la temperatura supera los 50 grados y la sensación térmica, tal como lo marcan los carteles, créalo o no, llega a los 65 grados.
De más está decir que las autopistas están desiertas, en una ciudad donde el 90% del comercio se concentra en sus inigualables 53 shoppings. Salvo algunas cafeterías, entre ellas las famosas cadenas mundiales, no hay comercios pequeños a la calle. Este periodista caminó más de 30 cuadras y no encontró un solo local de venta. En ese trayecto apenas cruzó a dos peatones. No solamente porque la gran mayoría posee automóvil, sino porque es insoportable el calor, al grado de producir desmayos insospechados.

El mejor subte del mundo
Desde hace apenas dos años, Dubai posee el mejor tren subterráneo del planeta. Ya tiene cuatro líneas, con 75 kilómetros de extensión. La formación no tiene conductor humano y los nombres de las estaciones se licitan para que cada empresa ponga el suyo. El precio mínimo es 2 millones de dólares. Un caso único en el mundo. La formación posee cinco vagones, por supuesto con aire acondicionado, asientos de pana, música clásica y puertas de cristal. Comparar con otro cualquiera es ridículo. El precio es bajo, apenas 1,50 dólar, en una metrópoli donde el salario promedio asciende a los 4.600 dólares. En apenas cuatro años todo este sistema lo construyeron los japoneses de Mitsubishi. Es fácil deducir que es una ciudad cara, desde hace más de un lustro ya es una atracción para el turismo mundial y la prueba está en que el año pasado la visitaron 12 millones de personas. Los hoteles no son caros. El taxi es más barato que en Buenos Aires y el mayor desembolso para quien la visita es la comida.

Visa insólita
Quien esto escribe ignora si en los 192 países independientes del mundo hay otro caso igual, pero nunca debió apelar a un sistema como el de este emirato. La visa no la otorga el gobierno sino el hotel donde uno va a hospedarse. El visitante debe pagar primero, vía internet, el total de los días de alojamiento, luego de lo cual el hotel se encarga de tramitar la visa. El procedimiento no es sencillo: uno, con su tarjeta de crédito, deberá desembolsar 1.500 dólares que el hotel retendrá hasta la salida del país. Eso sí, en apenas cinco días hábiles, el establecimiento le devolverá a través de la tarjeta lo que uno dejó de garantía.
En la ciudad de las islas artificiales, varias de ellas ya adquiridas por famosos de todo el mundo, está el único hotel siete estrellas del mundo. Se llama Burj al Arab, situado en un promontorio construido por el mismo hotel y tiene forma de vela, reconocida en todo el mundo. La habitación más barata cuesta 1.500 dólares y la suite principal, de 800 metros de superficie, “apenas” 30 mil dólares diarios. Los curiosos, como este cronista, no pueden acceder ni siquiera a la cafetería, o resignarse a pagar 85 dólares a las cinco de la tarde para tomar el té. Alquilar en Dubai es carísimo, cuesta tanto como en París o Londres y un departamento de dos dormitorios vale como mínimo 1.500 dólares mensuales.

El edificio más alto del mundo
Se llama Burj Khalifa, construido en apenas seis años y costó 20 mil millones de dólares. Su altura, la número uno del mundo, llega a los 828 metros, con 163 pisos, adonde uno llega a través de 57 ascensores. En su interior está el primer gran hotel que construyó Armani en el mundo. En el edificio se consumen un millón de litros diarios de agua, fue obra de una empresa estadounidense, Skidmore, Owings y Merril, la misma que levantó décadas atrás la torre Sears, de 122 pisos, en Chicago, que fue durante mucho tiempo la más alta del mundo.
Su diseñador es el mismo que construyó Khalifa, el inglés Adrian Smith. Llegar a la cima de la torre cuesta según la hora del día: por la mañana y hasta las 18, oscila entre 40 y 50 dólares. Más tarde, el boleto cuesta 100 y aun más dólares, sujeto a un cupo que fija la empresa.

No todo es petróleo
Dubai consiguió la independencia de Inglaterra recién en 1997. En contra de lo que la mayoría cree, la riqueza de esta ciudad incomparable no es el petróleo únicamente, sino la visión de un jeque, Zayed, quien logró muchas cosas importantes: primero la unificación de siete emiratos en uno solo, actualmente denominado Emiratos Arabes Unidos, de los cuales Dubai es uno, lo que permitió el fin de las agresiones entre ellos. Zayed tuvo además la visión de invertir lo que obtenía por el oro negro en infraestructura, industria, grandes autopistas y turismo.
En este desolado rincón del planeta, el visitante, envuelto en arena por los fuertes vientos que comienzan a media tarde, se sorprende al conocer que el servicio sanitario y todo tipo de enseñanza es gratuito.
Pero no todo es virtud en Dubai: las mujeres, si bien visten con un mínimo velo en la cara, no existen en el nivel de decisiones. Solo el 1% tuvo en las últimas elecciones derecho al voto. Pudieron llegar a las urnas apenas 382 mujeres y solo una fue electa. Los foráneos también deben pasar de las suyas: viven en departamentos muy precarios en comparación al de los nativos, trabajan en las tareas más rigurosas y en los avisos de los diarios son discriminados de antemano: los empresarios piden empleados solo árabes, o solo británicos y, casi siempre, exclusivamente varones.
Donde abunda el dinero se corre la carrera de caballos más importante del planeta. Su premio es de 6 millones de dólares y en 2006 la ganó el argentino Invasor. Junto con Egipto, Dubai es el más abierto de los países árabes para aceptar las costumbres occidentales: por eso en un emirato islámico los ortodoxos ven con muy malos ojos el consumo de alcohol, limitado a los grandes hoteles. Peor aún: rechazan drásticamente la prostitución encubierta.
En la ciudad donde reside Diego Maradona, flamante DT del Al Wasl, que le pagará 17 millones de dólares anuales, el visitante jamás podrá aburrirse.
Tiene el único hotel siete estrellas, el edificio más alto, los shoppings más lujosos y una concepción arquitectónica única, pagada por los árabes pero realizada en su mayoría por estadounidenses y británicos.
Sin dudas, Dubai es la ciudad del siglo XXII.