La historia de la arquitectura durante la Segunda Guerra Mundial es algo de lo que casi no se habla. Todos conocemos a Albert Speer, el hombre que llevó a la práctica las fantasías arquitectónicas megalomaníacas de Hitler; algunos han oído hablar del exilio de Mies van der Rohe en Chicago. El resto parece haberse desvanecido silenciosa y, en algunos casos, convenientemente.

Arquitectura de uniforme: El diseño y la construcción para la Segunda Guerra Mundial ,una nueva muestra fascinante que puede verse en el Centro Canadiense de Arquitectura de Montreal, constituye una medida importante y muy postergada para abordar ese incómodo capítulo de la historia de la arquitectura moderna. La exposición, que organizó Jean-Louis Cohen, abarca un asombroso espectro de proyectos concebidos desde 1937 hasta 1945, muchos de los cuales no son muy conocidos. Algunos son expresiones de idealismo; otros, de increíble cinismo y brutalidad. Sobre el final, me puse a repensar no sólo el papel que desempeñaron los arquitectos durante uno de los períodos más crueles y destructivos de la historia humana, sino también casi todo lo que llegó inmediatamente después, desde la convicción de la Guerra Fría de que la tecnología podía proporcionar una forma de vida mejor a la causa de la suburbanización.

La muestra comienza con dos imágenes: una representa las ruinas de Guernica luego de los bombardeos nazis de abril de 1937; la otra muestra a dos mujeres que, paraguas en mano, recorren el paisaje devastado de Hiroshima un día lluvioso tiempo después de la bomba atómica de agosto de 1945. De ahí en más, se nos introduce en una pequeña sala cilíndrica decorada con los retratos de treinta y cuatro arquitectos, desde Speer hasta Le Corbusier, que pasó buena parte de la guerra intentando sin éxito que el gobierno de Vichy le encargara trabajos, y víctimas como Simón Syrkus, un prisionero de Auschwitz al que la SS reclutó para diseñar invernaderos para un sector del campo dedicado a la agricultura.

Esa yuxtaposición –de imágenes de completa devastación y retratos de apariencia inocente– da marco a la exposición. La guerra, quiere recordarnos Cohen, fue una instancia de destrucción, no de creación. Al mismo tiempo, no todos los arquitectos pasaron ese período en universidades estadounidenses. ¿En qué invirtieron su inteligencia creativa los muchos que siguieron diseñando y construyendo? No todas las respuestas son desalentadoras. La propuesta del Tecton Group de 1939 de un refugio antiaéreo en Finsbury, Londres, es un trabajo arquitectónico impresionante: un gran cilindro de hormigón sepultado en la tierra y con una rampa en espiral que ingresa a un interior con capacidad para 7.600 personas. (Si se visita el zoológico de Londres, se observará un precursor del diseño en las rampas espiraladas del Lago de los Pingüinos, que la misma firma construyó unos años antes.) Menos espectaculares, si bien más relevantes en la actualidad, son algunos de los proyectos de viviendas de bajo costo que se construyeron para el creciente complejo militar-industrial, sobre todo en los Estados Unidos. Channel Heights Defense Housing, que diseñó Richard Neutra en la década de 1940 en San Pedro, California –un complejo de casas prefabricadas simples en torno a un parque, de manera tal de aprovechar la vista al mar–, es un buen ejemplo de cómo construir viviendas baratas y humanas. En el sector suburbano de Pensilvania, “Aluminium City Housing”, de Walter Gropius y Marcel Breuer, un complejo de casas simples y modernas revestidas en madera y unidas por galerías cubiertas, podría servir de modelo para la construcción de viviendas de bajo costo en la actualidad. LA ARQUITECTURA EN LA 2° GM. Arsenal de tanques Chrysler en Warren Township, Michigan

Esos triunfos de la imaginación, sin embargo, se ven eclipsados por otra cosa: la forma en que la maquinaria trituradora de la guerra exigía una sociedad cada vez más disciplinada y deshumanizada, a la cual gran cantidad de arquitectos se mostraban dispuestos a proporcionar un marco físico. Uno de los muchos ejemplos escalofriantes es la propuesta de Ernst Neufert de 1943 de una Hausbaumaschine (máquina constructora de casas), un enorme galpón industrial que se habría desplazado sobre rieles, deteniéndose cada unos cuantos metros para que los trabajadores pudieran colocar el siguiente segmento en una interminable hilera de viviendas de hormigón idénticas. El proyecto, que nunca se construyó, es una expresión particularmente siniestra de un mundo en el que la vida está despojada de identidad individual y donde se trata a los seres humanos como partes intercambiables de una máquina gigantesca. La visión de Neufert no es más que uno de los ejemplos más extremos de una mentalidad más penetrante. Durante la guerra, se organizaron y construyeron nuevas ciudades fabriles con la eficiencia de una línea de montaje. Oak Ridge, el emplazamiento secreto del Proyecto Manhattan en la zona rural de Tennessee, era un modelo de planificación funcionalista en el que los centros comerciales estaban flanqueados por hileras idénticas de viviendas prefabricadas. (Se dividían por raza y clase: los altos oficiales militares y los científicos vivían en casas unifamiliares, mientras que los trabajadores blancos habitaban bloques de departamentos y los negros lo hacían en grupos de chozas.) Peenemunde, sede de la planta de aviones alemana del Mar Báltico donde se desarrolló el cohete V-2, era un campo de trabajo diseñado de forma similar, con estructuras de ladrillo con marco de hormigón. En 1943, luego de que las fuerzas aliadas bombardearon Peenemunde, los arquitectos alemanes empezaron a trabajar en una versión aún más extrema de planificación racional: una red de fábricas subterráneas en la zona central de Alemania. La más relevante en términos arquitectónicos, la fábrica de aviones Messerschmitt de Eberhard Kuen, ubicada en el sudeste de Alemania y construida con mano de obra esclava, tenía una línea de montaje sobre rieles integrada en la estructura de hormigón y conectada con el sistema ferroviario local.

Ese modelo de planificación estandarizada a gran escala alcanzó su nivel más sádico, por supuesto, en los campos de exterminio, que con frecuencia estaban diseñados con tanta minuciosidad como los complejos fabriles. Cada metro cuadrado de Auschwitz estaba calculado y medido con minuciosidad, y el metro cuadrado que se asignaba a cada prisionero –la décima parte de las barracas de aquel momento– podía leerse como una perversión aterradora de la idea de ecxistenzminimum de la Bauhaus, un esfuerzo por calcular la cantidad exacta de espacio necesaria para llevar una vida simple pero digna (En el catálogo de la muestra, Cohen nos dice que los arquitectos de Auschwitz se habían formado en las mejores instituciones alemanas, y una de las muchas sorpresas de la exposición es la variedad de actividades que se desarrollaba en el complejo, que comprendía una planta química e invernaderos además de campos de exterminio. Los invernaderos, que siguen en funcionamiento, se usan para cultivar crisantemos que se envían a toda Europa.) Lo que resulta asombroso de la muestra no es sólo la cantidad de energía creativa que se dedicó a construir la infraestructura para la crueldad, sino cómo la mentalidad bélica terminó por infiltrarse hasta en los más mínimos rincones de la sociedad y la forma en que persistió. La estandarización también se reflejó en las estrategias de planeamiento de la era de la Guerra Fría. Por otra parte, la “descentralización” de las ciudades que propusieron planificadores temerosos de que éstas se convirtieran en blancos fáciles para los bombarderos continuó, en mucho mayor escala, en la suburbanización.

No fue sino hasta la década de 1960 y la publicación de libros como Complejidad y contradicción en arquitectura , de Robert Ventura, que la profesión empezó a purgar esas tendencias y a encontrar una nueva ruta de avance. En ciertos sentidos, aún estamos trabados en lucha con los mismos problemas.