El hangar más grande jamás construido, y la tercera construcción en volumen útil del mundo, está en Alemania y es lo único que queda del sueño faraónico del emprendedor germano Carl von Gablenz y su empresa Cargolifter AG, que pretendía volver a utilizar impresionantes zepelines para el transporte y la logística de grandes cargas.

La aeronave estrella del proyecto era el dirigible CL160, un globo de 550.000 m3 y que podría llevar sobre el papel una carga útil inicialmente prevista de 160 toneladas. Para permitir el desarrollo del proyecto, se construyó un increíble hangar para la producción y el funcionamiento del CL160 y otros modelos de globos de carga.

El Aerium se situó en un campo de aviación militar abandonado donde la Luftwaffe nazi enseñaba a sus pilotos, en Halbe (Brandenburgo), a unos 60 km al sur de Berlín. Tiene 360 m de largo, 220 m de ancho y 106 m de altura, una maravilla tecnológica en sí misma construida en acero y con una bóveda lo suficientemente grande como para resguardar a la Estátua de la Libertad de pie y a la Torre Eiffel, tumbada.

Su construcción costó la friolera de 110 millones de dólares. Dos años después de terminarlo, en 2002, la empresa se declaraba insolvente y el enorme sueño empresarial se volatilizaba como un Hindenburg en llamas. Un tribunal alemán vendía el increíble hangar a una empresa de Malasia, Tanjong, que lo compró por 17 millones de euros como un sitio ideal para instalar el Tropical Island Resort, el parque acuático bajo techo más grande del mundo.



Los malayos de Tanjong pronto descubrieron que mantener semejante espacio caldeado a unos 26 grados todos los días del año iba a ser un desafío, así que lo primero que hicieron fue desmontar las enormes y frías puertas de acero de 600 toneladas y abrir el hangar a la luz, intercambiado su piel metálica original por 20.000 metros cuadrados de recubrimiento transparente.



Con ello se hacía posible la entrada de luz natural y, también, el bronceado natural de los 900.000 visitantes que tiene al año, que vienen sobre todo del norte y el este de Europa. Donde antes se anclaban en semioscuridad los prototipos que una vez soñó Carl von Gablenz (sigue con oficina en Berlín, pero con tantas deudas que se le han quitado las ganas de inflar más globos) ahora se tuestan los turistas en cientos de metros de arena de playa calefactada con suelo radiante.



Estas playas rodean “La Laguna de Bali”, la selva tropical indoor más grande creada de la nada, con 50.000 árboles de 600 variedades, que van de la palmera a la papaya y que crecen fuertes gracias a la luz natural. Su atracción más popular es un tobogán de nueve pisos que impulsa a los bañistas a 44 kilómetros por hora.



El éxito de este tipo de construcciones como parque acuático augura una segunda vida para muchos hangares en desuso que todavía quedan en el mundo. Aunque algunos analistas prevén una reactivación de la aviación de dirigibles para usos militares, que competirán por dicho espacio.

El año pasado, el Ejército de los EE.UU. otorgó un contrato por valor de hasta 517 millones dólares a Northrop Grumman para construir aeronaves de 300 pies para misiones de vigilancia sobre Afganistán. El primero de los zepelines se está construyendo en un hangar en Cardington (UK) que se remonta a 1915, el lugar donde la Royal Airship Works guardó su R101, el último de los dirigibles rígidos británicos usados en la Gran Guerra.



El reciclaje de estas estructuras antiguas para darles un renacido uso no es más que una advertencia sobre los peligros de soñar en grande y que se plasma en el caso del Aerium, ahora “Tropical Island”; una cúpula megalómana que es testigo diario de cómo una de las atracciones más visitadas es, paradójicamente, un globo de helio que transporta turistas sobre la selva tropical que crece en sus entrañas.