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Arquitectura Barroca Italiana


 



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La arquitectura italiana: Bernini y Borromini.


Caracteres generales de la arquitectura.

Vimos cómo a finales del siglo XVI la arquitectura de un rigor matemático, solemne y desnuda (en España era la arqui­tectura herreriana) servía a los ideales de la Iglesia contra­rreformista. Pero según avanza el siglo XVII, esa desnudez va cediendo el paso a una mayor complicación y dinamismo.

Desde el punto de vista formal, la arquitectura barroca parte de los esquemas renacentistas. La mayoría de los ele­mentos arquitectónicos son semejantes a los renacentistas, pero son utilizados con una gran libertad, llegando algunas veces hasta hacerlos irreconocibles. Se pierde la simplicidad y la claridad, la ordenación racional y se tiende a la varie­dad, al dinamismo, al gusto por lo curvo y por la decoración, dando lugar a una arquitectura efectista, ilusionista y tea­tral. La arqui­tec­tura barroca es una reacción contra el geome­trismo, simpli­ci­dad y ordenación racional renacentista.

Ello lo podemos ver en los elementos arquitectónicos: las columnas se complican y se retuercen (columna salomónica), apa­rece el estípite, los atlantes (figuras masculina sustentan­do elementos arquitectónicos), los entablamentos se cur­van, los frontones aparecen partidos, curvos, mixtilineos, las cubiertas son generalmen­te aboveda­das, con cúpu­las de grandes dimensiones y de formas capricho­sas (ova­les), etc.

En el barroco no sólo se alteran los elementos arquitec­tónicos, sino que también sufre una transformación la concep­ción general del edificio, resultado de llevar las líneas curvas y mixtas a las plantas (elípticas, circulares o mix­tas). Los muros dejan de ser rectilí­neos, de cruzarse en ángulos rectos y las salas, muchas veces, no serán rectangulares o cuadradas. Empleo del orden colosal o gigante.

El muro, especialmente la fachada, adquiere un carácter dinámico y efectista con diversos entrantes y salien­tes. En las fachadas podemos ver la alternancia de zonas cóncavas y convexas, de nichos y salientes, columnas que se separan de la pared, etc. Las fachadas se conciben en relación con el entor­no urbano, perdiendo su correspondencia con el interior del edificio. Son la pared de la calle por donde transita el fiel y su misión será la de atraerle hacia ese interior para que participe en el triunfo de la Iglesia.

Gran riqueza decorativa. Generalmente es geométrica y botánica, evolucio­nando hacia un naturalismo. Los mismos elementos arquitectóni­cos se utilizan muchas veces con carác­ter decorativo.

El espacio interior es muy complejo. Las plantas adoptan diseños caprichosos, dificultando una visión global del edifi­cio. La decoración se hace muy recargada. La decoración escultórica y pictórica llega a enmascarar la estructura arquitec­tónica del edifico. Los frescos de bóvedas y cúpulas, repre­sen­tando cielos con figuras, crean la ilusión óptica de abrir los interiores y fundir el espacio interior con el exterior. La luz, muchas veces sin saber claramente de donde procede, produce al chocar en los muros claroscuros y efectos deslum­brantes al reflejarse en la rica decoración. El resultado es un espacio interior distorsionado y dinámico, irreal, inabar­cable y lujoso.

Las ideas contrarreformistas condicionaron el espacio interior, que debía facilitar la propaganda y la difusión de la fe católica. Este concepto se ve claramente en las iglesias que siguen el esquema de los templos jesuíticos. El espacio interior debía de ser lo suficientemente amplio para albergar al mayor número posible de fieles, sin dificultar la visión del altar o la audición de la predicación realizadas desde el púlpito. La primera iglesia que se construyó siguien­do estos presupuestos fue la de los jesuitas en Roma, el Gesú, que se convertirá en prototipo de iglesia barroca: una sola y amplia nave, capillas laterales y cúpula sobre un crucero de brazos poco desarrollados.

Externamente, las curvas de las fachadas y la decoración favorece el juego de luces y sombras y aportan una visión diná­mica de la construcción, pues el edificio va cambiando su fisonomía según el transcurrir del sol, lo que resalta su carácter escenográfico. Además, el edificio no se concibe para ser contem­plado desde un único punto de vista fron­tal; por ello se suele rodear de un espacio más o menos amplio (plaza, jardi­nes) que favorecen la diversidad de puntos de vista y las perspec­tivas.

En cuanto al urbanismo, se intenta una ordenación, comu­nicación y articulación de la ciudad a base de jardines y plazas (con estatuas y fuentes), escaleras para salvar desni­veles, grandes y rectas avenidas para poner en contacto los distintos puntos principales de la ciudad. Y el edificio, en lugar de definir el espacio, como ocurría en el renacimiento, se amolda al conjunto. El jardín conocerá una gran expansión tanto en la ciudad como en los edificios que se levantan en el campo. Se le trata con criterio urbanístico, formando perspec­tivas, calles, avenidas y cortando los macizos en forma de figuras geométricas. Dentro de ellos juega una gran importan­cia el agua de sus fuentes y canales y las esculturas.


Bernini y Borromini.

En Italia surgió el barroco y en este país es donde se hallan los prototipos de la arquitectura barroca. Se distingue la arquitectura italiana por el gran empleo de la columna, tanto para decorar fachadas como para crear efectos perspecti­vos. Los edificios se enriquecen fantásticamente con mármoles polícromos, bronces, etc. Pero siempre guardará una carga clásica que le llevará a reducir la decoración exterior y más si comparamos sus edificios con los que se levantan en España.

En la evolución de la arquitectura barroca italiana pueden distinguirse tres momentos: el anterior a Bernini, el pleno barroco de Bernini y Borromini, y la primera mitad del siglo XVIII cuya figura más destacada es Felipe Juvara.

La gran obra de la primera etapa es la transformación de la iglesia de San Pedro del Vaticano por Carlos Maderna, quien prolonga la planta de cruz griega, llegando así a un compromi­so entre el tipo de cruz latina y el de cruz griega. Y levanta la gran fachada con frontón central y ático coronado por estatuas monumentales. Fachada que en su estructura no se corres­ponde con la organización interior del templo.

Con Bernini y Borromini se inica el período característi­co de la arquitectura barroca italiana.

Bernini, siguiendo las ideas contrarreformistas, concibe su arquitectura ligada al carácter representativo de la ciudad de Roma. Para él, Roma era el símbolo del prestigio histórico y del poder político de la Iglesia. De ahí la gran­diosidad, la solemnidad y el sentido retórico y escenográfico de sus reali­zaciones, que lo convierten en el representante del barroco oficial al ser el arquitecto de la Curia y de las grandes familias. Utilizó materiales nobles para acentuar el signifi­cado político-religioso de los edificios y para realzar la belleza de sus formas. Bernini es mucho más clásico que Borro­mini, arquitecto que se caracteriza por su mayor fantasía y libertad.

Boromini utilizó generalmente materiales más pobres que Bernini, como el ladrillo y el estuco, debido al menor poder económico de sus clientes, pero también buscando su ductibili­dad. Esto le permitió mayor libertad y fantasía en los elemen­tos arquitectónicos y decorativos, rompiendo con el sentido clásico que había dominado en la obra de Bernini. Utiliza las plantas y formas decorativas más inverosímiles, en un triunfo de la contraposición de curvas, contracurvas y rectas.


 





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