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Baudillard y lo hiperreal


 






Héctor Mario Acosta
14 de mayo del 2002
Nos toca ahora comentar el texto «Hacia una definición del consumo», contenido en el libro «El sistema de los objetos» publicado en 1967. Es para nosotros un texto mucho más próximo en el tiempo, y veremos que refleja con mayor precisión la forma en que nos posicionamos en el mundo.
Comienza el texto por plantearnos la naturaleza del consumo. En la sociedad en que vivimos, el consumo no responde a una satisfacción de las necesidades, sino que es una «modalidad característica de nuestra civilización». Es la única manera de actuar (un modo activo de relación) que se da de forma sistemática, y sobre la cual se basa todo nuestro sistema cultural.
Nos dice Baudillard, que en otras épocas no se consumía, aunque se estuviese en la abundancia. La cantidad de bienes o la satisfacción de las necesidades, son condiciones necesarias en el mecanismo del consumo, pero no suficientes para caracterizarlo.
Entonces nos dá una primera aproximación al consumo, diciendonos: « El consumo no es ni una práctica material, ni una fenomenología de la «abundancia», no se define ni por el alimento que se digiere, ni por la ropa que se viste (…), sino por la organización de todo esto en substancia significante; es la totalidad virtual de todos los objetos y mensajes constituídos desde ahora en un discurso más o menos coherente. (…) el consumo es una actividad de manipulación sistemática de signos»
¿Pero que quiere decirnos con esto? El sentido de la frase se hace más claro a medida que avanzamos en el texto.
Para volverse objeto de consumo, el objeto tradicional se debe convertir en signo. Un objeto tradicional es un símbolo, es decir está cargado de connotaciones personales que surgen del uso, de la interacción con dicho objeto. Pensemos simplemente en los objetos que suelen atesorar nuestras abuelas, de valor material casi nulo, pero cuya historia les confiere un valor personal infinito. Estos últimos son Símbolos.
Pero Baudillard, nos dice que los objetos se deben transformar en signos, para así volverse objetos de consumo.
¿Que es un signo? En contraposición con el símbolo, este carece de dicho significado dado por el uso. Su significado es arbitrario. Su sentido está dado por la relación abstracta de éste con los otros signos. Así por ejemplo «+» es un signo, observe que no es un símbolo, pues arbitrariamente podríamos redefinirlo (por ejemplo asociarlo con la substracción). De esta forma: 5 + 3 = 2 Sin embargo, el palacio Salvo es un símbolo de Montevideo, su história estará siempre atada a la de nuesta ciudad. Pero el consumo no alcanza solamente a los objetos según Baudillard, sino que se extiende a las relaciones humanas. Estas se «consuman» y se «aniquilan» a través de los objetos. Nos dice: «hoy en día, todos los deseos, los proyectos, las exigencias, todas las pasiones y todas las relaciones se abstraen (o se materializan) en signos y en objetos para ser comprados y consumidos. La pareja, por ejemplo; su finalidad objetiva se convierte en el consumo de objetos, entre otros, de los objetos que antaño fueron simbólicos de la relación».
Y para aclarar este punto cita un fragmento de la novela Les Choses de Georges Pérec, en el cual se describe una habitación de forma minuciosa. En este fragmento los objetos que se describen son sígnos y no símbolos, ya que no son caracterizados por ninguna vivencia o experiencia de la pareja, sino por su forma, su color o su origen. Por ejemplo narra Pérec: « (…)otro diván, perpendicular al primero, recubierto de terciopelo castaño claro, conduciría a un mueblecito alto con patas, laqueado de rojo oscuro y dotados de trés estantes que sostendrían chucherías: ágatas y huevos de piedra, cajitas de rapé, bomboneras, ceniceros de jade, etc. (…)» Si los objetos en esta habitación hubiesen tenido valor simbólico, la descripción anterior hubiese sido probablemente del siguiente estilo: el diván donde Jerome solía sentarse, perpendicular al de Silvie, recubierto de terciopelo castaño claro, conducía a un mueblecito alto con patas, laqueado de rojo oscuro y dotados de trés estantes, que habia pertenecido a la madre de Silvie. Sostenía chucherías: ágatas y huevos de piedra, cajitas de rapé, bomboneras, ceniceros de jade que juntos habian coleccionado durante años.
En esta carencia de simbología en los objetos que rodean a Jerome y Silvie, se puede leer el vacío de esta relación.
De esta forma, Jerome y Silvie, no son una pareja real, lo único que existe en realidad es «Jerome y Silvie» como signo de una pareja. Estos objetos-signos representan «la idea de una relación que no ha de vivirse».
Es interesante en este punto entrar en otro texto escrito por Baudillard, «La Precesión de los Simulacros». Este texto nos dice que hoy en día se ha esfumado la diferencia soberana entre el mapa y el territorio, que producía según Baudillard, el encanto de la abstacción. Ni el territorio precede al mapa, ni el mapa al territorio, todo es simulacro y por consiguiente nada es real. Hemos entrado al «desierto de lo real».
Lo real, según él, es generado a partir de células miniaturizadas, de matrices y de memórias, y por consiguiente puede ser reproducido un número infinito de veces. Entonces lo real ya no es más que algo operativo, que ni siquiera es real, pues para ser real, algo imaginario debería envolverlo. Nos dice: «Nos se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por signos de lo real, es decir, de una operación de disuación de todo proceso real por su doble operativo (…) Lo real no tendrá nunca más ocasión de producirse» Aquí vemos con claridad el nexo entre ambos textos, todo se ha vuelto signo y ya no hay lugar para la realidad. De ahora en adelante viviremos en un hiperreal. Entonces sólo la idea será consumida, la idea de cultura y no la cultura en sí, la idea de Revolución pero no la Revolución en sí.
En una exposición montada actualmente en el subte de nuestra ciudad, una de las obras exhibidas es una estantería, con cinco o seis latas de aceite apoyadas sobre ésta. Un observador distraido pasaría por alto que todas ellas llevan las inscripción «Borges». És ésta la relación que tenemos hoy con la cultura, consumimos su idea, compramos libros que nunca leemos. Daría lo mismo que estos libros fuesen latas de aceite, pues no los leemos.
Es tal nuestra capacidad de consumo, de consumo de ideas, que se han realizado diversas campañas publicitarias en las que sólo se menciona el nombre de un producto nuevo, sin describir de que se trata, y de igual forma se logra a través de ésta, generar la necesidad de consumir dicho producto.
De esta manera, se conforma un nuevo léxico idealista de signos, que representa el proyecto mismo de vivir. Nuestra vida no es más que consumir: el proyecto se contenta con su realización a través del objeto de consumo. Y como nuestra vida no es más que consumir, el consumo no tiene límites. Si el consumo tuviese relación alguna con la necesidad, tarde o temprano ésta se vería satisfecha, y portanto el consumo cesaría. Nuestra dinámica existencial consiste en el poseer sistemática e indefinidamente objetos de consumo.
Moderar por tanto el consumo, es para Baudrillard, de un moralismo ingenuo o absurdo.


 



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