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El Urbanismo en Grecia Y Roma


 







Introducción

El término Urbanismo procede de la palabra latina Urbs (ciudad), que en la antigüedad se refería por antonomasia a la capital del mundo romano, Roma. Sin embargo, no fue en Roma donde la ciudad, las aglomeraciones urbanas, tuvieron su origen.
El papel impulsor desempeñado por Mesopotamia sobre los valles del Indo, Nilo y Amarillo, con su irradiación de la cultura y el empleo y desarrollo de una tecnología incipiente, aparece hoy como indiscutido. Es posible establecer ciertos denominadores comunes a estos preludios urbanos de Mesopotamia y sus zonas de influencia. Eran pueblos y ciudades regidos por teocracias: autoridad reinante y sumo sacerdote eran una sola persona.
Por otro lado, desde sus comienzos, la ciudad ha sido una continua fuente de innovaciones técnicas como consecuencia de su papel de residencia permanente de los trabajadores especializados. En efecto, la aparición misma de las ciudades aceleró considerablemente los cambios culturales y sociales; se puede afirmar que la revolución urbana tuvo una importancia equivalente a la revolución agrícola que la precedió y a la revolución industrial que la seguiría.
Hay, como se ve, dos aspectos fundamentales que, alternándose como causa y efecto, producen organizaciones sociales muy parecidas: el perfeccionamiento de la tecnología y la división del trabajo. El hombre se asienta cuando cuenta con la tecnología necesaria para producir alimentos.
Supera así la profunda dependencia que para la subsistencia le obligaba a la recolección y, como consecuencia, al nomadismo. La producción queda en manos de los agricultores, y aparecen los organizadores de la distribución de este producto, de su almacenamiento, del trueque de los excedentes, del uso y destino de los productos del trueque. Surge la necesidad de los artesanos, de los funcionarios, de los sacerdotes, de los comerciantes, es decir, la división del trabajo. Los líderes, los jefes de todos estos sectores, se transforman en las clases dominantes que tienen su residencia próxima entre ellos. Este hecho constituye, una vez establecido, un factor de máxima importancia.
La división del trabajo y el intercambio o trueque favorecen fuertemente la productividad. Superar el problema del espacio es un objetivo que se aplica tanto a la producción agrícola (fijando límites a las distancias de los centros urbanos con sus tierras periféricas de influencia) como a la propia organización urbana. Así, artesanos que practican el mismo oficio se reúnen, viven y trabajan en las mismas calles o barrios; más aún, los factores de poder, los sectores dominantes económicos, políticos y religiosos, hacen lo propio: se concentran.
En definitiva, el nacimiento y desarrollo de la ciudad moderna, quedó patente de forma muy clara y precisa en dos de las más relevantes civilizaciones de la antigüedad: La Civilización Griega y la Civilización Romana.


GRECIA


Precedentes micénicos

Las ciudades micénicas que se han conservado tienen una serie de elementos comunes: situación elevada, preferentemente una colina, en cuya parte más alta - acrópolis - se construye la residencia del príncipe y el templo, amurallando especialmente este espacio; murallas exteriores construidas con grandes bloques de piedra sin tallar, denominado muro ciclópeo porque consideraban que lo habían realizado los cíclopes; acceso por rampas; entradas monumentales junto a otros accesos protegidos con torres. Las ciudades mejor conservadas son Tirinto, Micenas y Pilos. En Micenas se encuentra la llamada Puerta de los Leones construida por grandes sillares de piedra, cerrada por un grueso dintel cuya carga ha sido aligerada con un vano triangular en el que se introduce el relieve que le da nombre, donde se representan dos leones enfrentados teniendo como eje una columna. En Tirinto hallamos una excelente fortificación que se extiende a la acrópolis rodeada con otra serie de murallas. A la acrópolis se accede por una entrada monumental denominada propileos permitiendo el paso al palacio edificado sobre la base del megarón.


La ciudad griega

Por las circunstancias orográficas de Grecia, los núcleos de población (rodeados de los correspondientes campos de cultivos) están próximos al mar, que sirve de vía de comunicación entre ellos. El hombre griego entendía que la ciudad no debía ser demasiado grande para que sus miembros pudieran participar en la gestión de la misma. Se tendía a edificar en lugares altos para una mejor fortificación de cara a los frecuentes ataques de los invasores del interior y los piratas de la costa; esta protección se completaba con murallas, fosos, terraplenes, torres.
El acceso a la ciudad se hacía mediante puertas abiertas en la muralla que a menudo estaban compuestas por tres vanos: uno más grande para el paso de carruajes y caballos y los dos más pequeños situados a ambos lados para los peatones. Estos huecos se cerraban con puertas de madera recubiertas con planchas de bronce. A estas fortificaciones se las denomina acrópolis, “ciudad elevada”, y constituyen un primer elemento destacable de las ciudades griegas, siendo Atenas la principal de ellas.
Poco a poco la acrópolis se fue despojando de viviendas para albergar los templos y los edificios de uso civil. Al mismo tiempo muchos habitantes se trasladaban a vivir a las partes bajas que rodeaban la acrópolis dando lugar a una verdadera ciudad, más abigarrada que la acrópolis, más llena de vida y bullicio, constituyendo el segundo elemento destacable. Los habitantes de los diferentes núcleos de población dispersos en torno a su acrópolis acudían a la misma para sus actividades económicas, políticas y religiosas, lo cual les daba una conciencia de unidad frente a los griegos de otras acrópolis.
Atenas había crecido desordenadamente, sin un plan urbanístico, por lo que la mayoría de sus calles eran estrechas y retorcidas, con innumerables casuchas muy modestas, aunque si bien es verdad había algún barrio de cierto acomodo con viviendas más amplias. Pero los barrios de los artesanos padecían el hacinamiento motivado por pequeños talleres que estaban distribuidos en las calles por oficios; y mucho más el de las viviendas anejas que debían albergar a una población creciente sin posibilidad de ampliación: paradójicamente el desarrollo económico conducía a un empeoramiento de las condiciones de vida, agravado por la escasez de agua.
De todos modos, a causa del clima de Atenas, la gente hacía la vida fuera de las casas trabajando en la calle. Uno de los aspectos que caracterizaban el área urbana ateniense era el bullicio. Otro rasgo de la Atenas democrática era que el pueblo no mostrara reverencia alguna ante los personajes importantes, despreocupándose incluso de cederles el paso: Platón lamentaba que hasta los asnos circularan por allí a sus anchas como si creyeran tener también ellos derechos democráticos. En cambio, al llegar la noche las calles se volvían inseguras por carecer de iluminación; así los transeúntes procuraban circular en grupos portando antorchas por temor a posibles robos o ataques. Frente a este hormiguero urbano la Acrópolis ofrecía una magnífica imagen, por haber sido reconstruida tras la invasión del ejército persa.
El tercer elemento de la vida urbana ateniense era el ágora, centro de la vida económica, social y política. Los griegos construyen sus plazas públicas en forma cuadrada, con dobles y espaciosos pórticos, adornándolas con numerosas columnas, sostenidas con arquitrabes de piedra o mármol formando así galerías en la parte superior para pasear. En el caso de Atenas, estaba atravesada diagonalmente por la calle de las Panateneas (que partía del santuario de Eleusis y conducía directamente a la Acrópolis) dividiéndola en dos mitades: la occidental albergaba una serie de edificios y monumentos suntuosos e importantes para la ciudad, mientras que la oriental era el mercado propiamente dicho, con sus innumerables tiendas y talleres, instalados a la sombra de los árboles que formaban una especie de toldo para protegerse del sol.
La solución para aunar estos elementos y resolver los problemas de crecimiento fue el planeamiento: las ciudades crecían según un plan y bajo un diseño de tipo cuadrangular o hipodámico. Todas las calles debían de tener la misma anchura, y la distribución de oficios debería hacerse con criterios lógicos.
No podemos olvidar el elemento mítico o religioso que influía sobre el urbanismo en Grecia. Así, se suponía que las polis griegas siempre tenían a un fundador mítico y ese fundador mítico debía ser un héroe por lo que había que honrar su memoria, bien colocando su tumba en un lugar visible en la ciudad o bien levantándole un monumento conmemorativo donde no estaban los restos (algunos autores apuntan que el Lapis Niger de Roma posiblemente era griego).
Sin embargo, poco a poco el aspecto racional se iba imponiendo como nos cuenta Vitruvio, en “Los diez libros de arquitectura”, en los que establece las condiciones del asentamiento de la ciudad: “Antes de echar los cimientos de las murallas de una ciudad habrá de escogerse un lugar de aires sanísimos.
Este lugar habrá de ser alto, de temperatura templada, no expuesto a las brumas ni a las heladas, ni al calor ni al frío; estará además alejado de lugares pantanosos para evitar las exhalaciones de los animales palustres, mezcladas con las nieblas que al salir el sol surgen de aquellos parajes, vician el aire y difunden sus efluvios nocivos en los cuerpos de los habitantes y hacen por tanto infecto y pestilente el lugar. Tampoco serán sanos los lugares cuyas murallas se asentaren junto al mar, mirando a Mediodía o a Occidente, porque en estos sitios el Sol, en verano, tiene mucha fuerza desde que nace, y al mediodía resulta abrasador; en los expuestos a Occidente, el aire es muy cálido a la puesta del Sol. Y estos cambios repentinos de calor y frío alteran notablemente la salud de los seres que a ellos están expuestos.” Añade además que antes de fundar la ciudad o levantar los campamentos de invierno se inmolaban reses y la observación de sus entrañas determinaba si el lugar era o no salubre para su asentamiento. Relata el caso de la ciudad de Mitilene, en la isla de Lesbos, en la que “cuando sopla el viento de Mediodía (S.) las personas enferman, y cuando el Gállego (O.), tosen; y cuando la Tramontana (N.), se restablecen.”
Este clima racional y empírico se manifiesta en los avances técnicos descubiertos por los griegos. En el siglo III a. C. Arquímedes creó un sistema teórico sobre la multiplicación de la fuerza que se consigue con la palanca, el efecto de la cuña y la utilización del plano inclinado o la polea. Los nuevos dispositivos mecánicos favorecieron sobretodo a la ingeniería civil y la minería. Mediante esta mecanización parcial de los trabajos manuales, surgieron grandes establecimientos y el urbanismo cobró un importante auge, pudiendo dedicar mayores recursos a la arquitectura y al arte en general.


Las viviendas griegas

Las viviendas atenienses carecían de agua corriente, aunque algunas contaban con pozos; por esta razón era preciso acudir a las fuentes públicas, que por otro lado no eran demasiado abundantes. Otro problema era la falta de red de alcantarillado, puesto que tradicionalmente los deshechos se arrojaban a la vía pública que estaba sin pavimentar; todo esto ocasionaba graves problemas de insalubridad. Además, los materiales de construcción eran de baja calidad: madera, adobes, cascajos, etc.
Primitivamente las casas griegas más pobres estaban excavadas en roca o adosadas a alguna pared rocosa. Otro tipo de viviendas, cimentadas ya en el suelo, constaban de una sola planta divida en piezas pequeñas. Algunas de ellas tenían una planta superior, a la que se accedía por medio de una escalera exterior que daba independencia a ambas. Éstas podían ser alquiladas.
Con frecuencia los tabiques eran comunes a dos viviendas, y las dependencias interiores eran tan pequeñas que las puertas debían abrirse hacia afuera. Las ventanas eran de dimensiones reducidas y no tenían cristales sirviendo sólo de ventilación.
Hasta el s. IV a.C. no había un espacio reservado a la cocina; el fuego se encendía en la calle transportándose luego a la casa en la que se separaba una pieza del techo para la salida de humos, ya que no había una chimenea. Posteriormente la planta de la vivienda es cuadrada orientada hacia dentro: a la entrada hay un vestíbulo de recepción seguido de un pórtico abierto al que dan todas las piezas; éste estaba orientado hacia el sur para recibir mejor los rayos del sol, con independencia de que la puerta de entrada dé también al sur o al este. Al norte se encuentra el cuarto de estar, la pieza más grande, que recibe desde el pórtico la luz y el calor de mediodía; hay además un andrón o sala de reuniones, y un comedor al que estaban anexionados el baño y la cocina. En la planta superior se hallan instalados el tálamo o dormitorio conyugal, el gineceo o sala de las mujeres y de los niños y las habitaciones de los esclavos domésticos.
Los muros se revestían simplemente con cal y sólo en las piezas más nobles tenían mosaicos o tapices; en algunas ocasiones podían aparecer pinturas murales. El mobiliario era escaso y pobre, se componía de los lechos que servían para dormir y para recostarse en los banquetes, las mesas, los taburetes, asientos con respaldo fabricados en madera o cuero, arcones y cofres.
En cuanto a la vajilla de mesa, no solía ser lujosa pero en los banquetes se exhibían otra de mayor calidad. Los utensilios domésticos eran: las tinajas de arcilla , que servían para guardar las salazones, los frutos secos, el vino o el aceite; las ánforas (vasos con cuello y dos asas) que servían para almacenar productos de larga duración; los kálathos, cestas de mimbre con forma troncocónica en las que se guardaban las frutas frescas y las verduras; las hidras, vasos de dos asas y una tercera a la altura del cuello que servía para transportar el agua; la crátera, pieza grande y de boca muy ancha que se utilizaba para mezclar el vino con el agua en los banquetes, siendo depositado en jarras oinochóai, para servirlo en las copas (kylix y kántharos) ambas con dos asas.
Como vemos, toda la vida griega se rige por dos conceptos fundamentales: la medida y la proporción, que son el fundamento de la armonía, y junto con la funcionalidad, los sellos que también definen la arquitectura griega.
La arquitectura es de estilo arquitrabado, en la que se distinguen tres órdenes clásicos fundamentales: el dórico, el jónico y el corintio. Estos son, en realidad, órdenes de proporciones entre la altura y la sección. En la época helenística aparece un orden compuesto, y también se da el tipo de las cariátides y los atlantes.
Son frecuentes los edificios públicos con funciones civiles y colectivas, pero es el templo la construcción más compleja.


Los templos griegos

El templo fue, sin lugar a dudas, uno de los legados más importantes de la arquitectura griega a occidente. Era de una forma bastante simple: una sala rectangular a la que se accedía a través de un pequeño pórtico (pronaos) y cuatro columnas que sostenían un techo bastante similar al actual tejado a dos aguas. En los comienzos éste fue el esquema que marcó los cánones.
Del perfeccionamiento de esta forma básica se configuró el templo griego tal y como hoy lo conocemos. En sus comienzos, los materiales utilizados eran el adobe para los muros y la madera para las columnas. Pero a partir del siglo VII a.C. (período arcaico), éstos fueron reemplazados por la piedra, lo que permitió el agregado de una nueva hilera de columnas en el exterior (peristilo), con lo que la construcción ganó en monumentalidad.
Entonces surgieron los primeros órdenes arquitectónicos: el “dórico”, al sur, en las costas del Peloponeso y el “jónico”, al este.
Los templos dóricos eran más bien bajos y macizos, los más austeros de todos, utilizándose en un principio troncos y posteriormente, columnas en piedra. Se elevan sobre unas gradas desde donde arranca directamente el fuste decorado por unas veinte estrías unidas a arista viva, ensanchándose ligeramente en la parte central. El capitel está formado por el equino (en el origen, muy ancho y abierto), especie de almohadilla sobre la que descansa el ábaco, paralelepípedo de base cuadrada. Sobre el capitel se desarrolla el entablamento que tiene tres partes: arquitrabe, friso y cornisa La cornisa carga sobre el friso; al ser la cubierta a dos aguas se forma en las fachadas el frontón, en cuyo tímpano aparecen relieves. El arquitrabe es la zona inferior, liso y en el friso encontramos triglifos (estrías verticales) y metopas (espacios decorados con relieves).
La construcción jónica es de mayores dimensiones y más esbelta. El fuste descansa sobre unas molduras denominadas basa; 24 estrías que finalizan en redondo decoran el fuste que acaba con un hilo de perlas llamado contario.
El capitel consta del cimacio decorado con ovas y flechas sobre el que descansan las volutas, elemento definitorio del orden jónico. El arquitrabe está formado por tres fajas que avanzan progresivamente mientras que el friso está decorado con relieves. La cornisa es similar al orden dórico. Más adelante, en el período clásico ( siglos V y IV a. C.), la arquitectura griega arribó a su máximo apogeo. A los dos órdenes ya conocidos se sumó el “corintio”, que sigue las normas del jónico, incorporando novedades en el capitel. El cuerpo troncocónico tiene forma de cesto adornado con hojas de agua, caulículos y rosas debido a una leyenda que narra como la diosa Gea quiso homenajear a una joven doncella fallecida. Sus familiares depositaron el cesto de labor sobre su tumba e inmediatamente empezaron a crecer de él una doble fila de hojas de acanto y cuatro parejas de tallos que se enrollan sobre si mismos, situándose sobre el conjunto una rosa o palmeta. Presente el platero Calímaco en este “milagro”, decidió plasmarlo, dando lugar al capitel corintio. En algunas ocasiones el fuste de la columna es reemplazado por figuras. Si son masculinas se denominan atlantes o telamones mientras que si se trata de figuras femeninas se llaman cariátides.
En tiempos de la dominación helénica (siglo III a. C.) la construcción, que conservó las formas básicas del clasicismo, alcanzó el punto máximo de la fastuosidad. Columnas de capiteles ricamente ornados sostenían frisos trabajados en relieve de una elegancia y factura insuperable.
Como dijimos, el templo es el edificio principal de la arquitectura helénica.
Tiene planta rectangular y suele estar formado por tres partes: el pronao o vestíbulo abierto definido por la prolongación de las naves laterales y dos columnas entre ellas; la nao o cella dividido habitualmente en diferentes naves separadas con columnas, situándose en su interior la estatua del dios titular del templo; el opistodomo, estructura similar al pronao pero en el lado opuesto, utilizado habitualmente para guardar los tesoros de la ciudad o del templo.
El más famoso de los templos griegos es el Partenón de Atenas, levantado en honor de la diosa Atenea Partenos por los arquitectos Ictinos y Calícrates, siguiendo las órdenes de Pericles. Es de orden dórico y está realizado en mármol blanco del Pentélico mientras que las tejas son de mármol de Paros. En su conjunto destaca la perfecta simetría con que fue construido, guardando las proporciones de tal manera que algunas líneas se han curvado o las columnas se han inclinado para que la deformación visual las enderece. La decoración de los frisos pertenece a Fidias al igual que la famosa estatua de marfil y oro que guardaba la cella. Otros ejemplos importantes son el templo de Apolo en Figalia, realizado también por Ictinos; el Erecteion ateniense, posiblemente el más bello ejemplar de orden jónico donde contemplamos a las famosas cariátides; el de Apolo en Didima o el de Zeus en Pérgamo, levantado en época helenística y caracterizado por la gradería de acceso y los cuerpos laterales que la encuadran, dando origen al podium de los templos romanos.
También merece la pena destacar otras construcciones de indudable valor social como el Teatro, en el que podemos apreciar en tres partes: la escena donde se representa la obra en cuestión; la orquestra de planta circular utilizada por el coro y la gradería de planta semicircular rodeando a la orquestra. El de Epidauro, con una acústica envidiable, es el más importante, edificado por Policleto el joven.
Por su parte el odeón tiene una forma similar al teatro, es de proporciones más reducidas y se utiliza para audiciones musicales. Los sepulcros no tienen especial importancia para los griegos siendo el más representativo el Mausoleo de Halicarnaso, levantado para el sátrapa Mausolo por su viuda, constituido por un cuerpo jónico porticado y un remate piramidal en gradas coronado por la cuadriga de Mausolo.
Toda las construcciones que acabamos de describir se vieron reflejadas en Roma, superando sus cualidades estéticas en contados casos, pero fundamentalmente, mejorando las condiciones técnicas y arquitectónicas.


ROMA


Introducción

Con algunos precedentes indirectos, los romanos continuaron los principios griegos. Sus diseños de arcos, gimnasios, foros y templos monumentales constituyen ejemplos clásicos de Urbanismo basado en una estricta observación de la geometría. Sus ciudades estaban organizadas formando una rejilla y entramado de calles, rodeadas por murallas defensivas rectangulares o cuadradas.
Bajo el empuje de la construcción de calzadas y puentes se desarrolló una depurada ingeniería, que trajo consigo la aparición de numerosas técnicas de precisión de agrimensura y medición de edificios. Esto redundó también en provecho de la construcción de grandes instalaciones urbanas y militares, entre las que destacamos la ejecución de los acueductos para suministrar agua potable y el montaje de sistemas de canalización.
Especialmente fecundo fue el trato de la antigua Roma con los nuevos materiales de construcción. Satisfacían las exigencias de las nuevas ideas arquitectónicas de los romanos. A diferencia de los griegos y de las civilizaciones del Nilo y del Eúfrates, no dieron un valor especial a las estructuras que causaron efectos tridimensionales hacia el exterior, sino que buscaron crear grandes espacios interiores y revestirlos por fuera mediante pomposas fachadas. Esta idea se correspondía con la invención de la mampostería. De este modo no se estaba limitado a la arcilla, a los adobes o ladrillos o a las grandes losas cuidadosamente trabajadas: el descubrimiento del mortero de cemento, permitía rellenar el encofrado de tablones y maderos con una mezcla de piedra triturada y mortero de cal, añadiendo a veces cenizas volcánicas. Así, las paredes resultaban extremadamente duras y resistentes a la acción de los meteoros. La masa fraguaba incluso bajo el agua. En los lugares que quedaban visibles, se les revestía, ya fuera con revoque o ladrillo. Los suelos, construidos por lo general con ladrillos vidriados, se cubrían muchas veces con mosaicos.


La ciudad romana

En el mundo itálico el urbanismo reticular tenía una razón eminentemente de carácter religioso. De los etruscos aprendieron los romanos y otros pueblos itálicos, y fundamentalmente quedó en Roma un recuerdo de cosas de Etruria, que tenían que ver con la religión.
Los etruscos pensaban que el mundo se articulaba en torno a dos ejes, que se cruzaban en un punto, idea que los griegos alguna vez habían tenido para algunos aspectos. Los etruscos transmitieron a los romanos el culto y el ritual de la fundación de ciudades, que se hacía con todo un ritual sacro.
Para los etruscos la fundación de una ciudad era un acto de culto, en que el ritual empezaba con la presencia de un sacerdote cubierto con una toga que luego cogía un arado de bronce, tirado por una ternera y un toro blanco e iba trazando un surco alrededor de la futura ciudad, siguiendo la línea por donde se levantarían las murallas. Los que le acompañaban procuraban que toda la tierra que caía fuera del surco, levantada por el arado fuese recogida y vertida otra vez al interior del surco y el sacerdote al llegar al sitio donde iban a estar las puertas de la ciudad, levantaba el arado para que ese sitio no fuese roto y después volvía a clavar el arado para continuar.
Con este rito, lo que se hace es dar forma a la futura ciudad, pero religiosamente. En el futuro si alguien quiere entrar, lo hará por donde el arado no ha surcado el suelo. Según la concepción romana, esta ciudad nueva quedaba inscrita en un cuadrado, rodeada por las murallas y en su interior era atravesada por dos vías perpendiculares. La vía N-S, se le llamó Cardo máximus y la vía E-O, se le llamó Decumanus máximus.
En paralelo al cardo se trazaba una serie de calles y en paralelo al Decumano otro tanto. Las calles paralelas al cardo, se les llamaba cardines y a las paralelas al Decumanus, Decumani, y el resultado era un urbanismo octogonal. Este cuadrado subdividido en pequeños cuadrados, se repartía entre los habitantes. Este sistema se hacía en los campamentos militares.
Este tipo de urbanismo requiere de inmediato algún elemento más. Para que estas orientaciones sean correctas desde el punto de vista de los puntos cardinales, el fundador usaba un aparato que daba una enorme precisión y que se le llama groma, de donde procede el nombre de gromáticos, que se dedicaban al reparto de tierras.
El sitio donde se colocaba la groma era el centro de la ciudad y era sacro. En este sitio solía haber un pozo llamado mundus. El mundus era un pozo cerrado, que sólo se abría con motivo de algunas festividades. El mundus era un sitio peligroso, pues ponía en comunicación el mundo de los vivos y el de los muertos. Era necesario demostrar sumisión a los dioses de lo alto, como era Minerva, Júpiter y Juno, y esto se conseguía con frecuentes ofrendas. Estas ofrendas se hacían en una zona alta de la ciudad en la que se colocaba al menos un templo. Se buscaba una colina sobre la que colocar este ‘Capitolio’ y a los pies surgirán otros edificios.
La mayor parte de la vida pública se hacía al aire libre y eso motivó que las ciudades tuvieran abundantes espacios que dieran cabida a la gente, como jardines, calles porticadas, plazas e incluso la prohibición del tráfico rodado durante el día.
La preocupación por el ciudadano creó también una infraestructura que garantizase servicios públicos como el abastecimiento de aguas (fuentes y acueductos, de los que en Roma llegó a haber once) y la red de alcantarillado, así como las termas, baños y letrinas públicas.
En atención a las necesidades de la vida social y económica se construyeron templos, curias, basílicas y mercados de los que hablaremos más adelante, todo ello con una idea urbanizadora más global. Por ejemplo, las ciudades marítimas situaban sus mercados junto al puerto; en ciudades del interior éstos estarían en el centro de las mismas. Para los edificios sagrados, especialmente los templos de los dioses tutelares (Júpiter, Juno, Minerva), debe elegirse, como hemos dicho, el lugar más elevado. El sitio para el templo de Mercurio será junto al Foro; los templos de Isis y Serapis junto al mercado.
El de Hércules en las cercanías del circo; el de Marte fuera de la ciudad, para conjurar el peligro de guerra civil y proteger las murallas de los enemigos; el de Venus junto al puerto, para evitar los placeres y desenfrenos; el de Vulcano también estaría situado fuera de la ciudad para proteger las viviendas de los incendios, así como el de Céres para que de este modo fuera más fácil ofrecer los sacrificios a los campesinos.
Ahora bien, la organización de la ciudad no siempre se atuvo a estos cánones urbanísticos. Hubo emplazamientos anteriores que carecían de toda clase de ordenamientos: callejuelas irregulares, casas hacinadas, ruidosas, con derrumbamientos e incendios a causa de los pobres materiales de edificación (adobe, madera…) y las lámparas de aceite. Para combatirlos existía un brigada de bomberos. Una deficiencia en la organización urbanística consistió en que las calles no llevaban nombre y carecían de numeración, lo que ocasionaba una gran dificultad para orientarse. Por ello los romanos tomaban otros puntos de referencia: edificios públicos, estatuas, jardines… El dato más fácil para la orientación era el predominio de tiendas y talleres de una determinada actividad artesanal: la calle de los orfebres, de los panaderos, de los zapateros…
Además de la fundación religiosa de las ciudades, o la urbanización “a la romana” de ciudades ya existentes, hubo muchas otras ciudades de origen estrictamente militar. Hacia el año 200 a.C. los soldados de la República romana habían conquistado ya toda Italia a excepción de los Alpes; durante los 300 años siguientes fueron capaces de crear un Imperio que se extendía desde España hasta el Golfo Pérsico. Para asegurarse la posesión de este enorme territorio, los soldados romanos construyeron campamentos militares permanentes que, con el tiempo, a medida que iba disminuyendo la necesidad de mantener estas guarniciones militares, acabaron transformándose en importantes ciudades del Imperio.
Los urbanistas decidían el espacio necesario para las casas, las tiendas, las plazas y los templos, estudiaban el volumen de agua que se iba a necesitar, el número y la anchura de las calles, de las aceras y de las alcantarillas: mediante este sistema de planificación intentaban satisfacer las necesidades de todos los habitantes, fueran ricos o pobres.
Mención especial merece el “Foro”. En la civilización romana el forum (que literalmente significa “lugar situado fuera” dado que las ferias y mercados solían celebrarse fuera de la ciudad) era el lugar donde se reunía el pueblo para comerciar o hacer negocios, y también para pasar el rato, donde los magistrados convocaban a los ciudadanos para hablarles, donde se celebran las ejecuciones de condenados; así mismo se celebraban sacrificios, ofrendas, ceremonias sagradas, juegos de animales y gladiadores y banquetes públicos. En los muros de los monumentos del foro se exponen las leyes, las prescripciones religiosas, tratados, etc. Es aquí donde se da un auténtico desarrollo urbanístico, una ordenación urbana que tiene por objeto engrandecer y embellecer la ciudad. Diversos emperadores crearon ‘sus’ foros, derribando las construcciones viejas y dando origen a lugares únicos, llenos de arte. El foro de Trajano, el de Cesar, el foro Romano-Capitolino, los foros imperiales en suma (cuyo esquema reproducimos abajo), constituyen hoy unos afortunados ejemplos del esplendor romano, que nos permiten ver la conjugación entre urbanismo y arte.
Destaquemos tan solo, la ingente labor que debió suponer la urbanización del foro Trajano, nivelando las elevaciones del terreno (cuya altura señala la Columna Trajana), expropiando las casas, abriendo calles y desarrollando un genio creador como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia, todo ello con un coste altísimo (Cesar consumió aquí el botín de las guerras de las Galias), aunque el resultado mereció la pena. Recordemos la frase de Augusto, que al morir dijo: “Encontré una ciudad de ladrillos y dejo una ciudad de mármol”.


Los materiales y métodos de construcción

El principal material de construcción romano a partir del periodo republicano, fue el sillar de piedra de cantería local, utilizado junto con vigas de madera, tejas y baldosas cerámicas. La piedra elegida variaba desde la toba y el travertino del centro de Italia al brillante mármol blanco importado de Grecia y Asia Menor o, en tiempos de Julio César, desde Luna (actual Luni, cerca de Carrara, Italia) y los mármoles polícromos traídos desde las canteras de todo el mundo antiguo. A menudo se utilizaron finas placas de mármol como revestimiento para cubrir las paredes construidas de sillería o sillarejo ligado con mortero.
Los mármoles dieron esplendor a las construcciones romanas, al igual que a los edificios griegos anteriores, pero la argamasa, material equiparable al hormigón actual inventado por los romanos, les permitió levantar edificios imposibles de construir con el anterior sistema de estructuras adinteladas. El opus caementicium romano era una amalgama de piedras informes, cal y puzzolana volcánica, que suministró a los arquitectos romanos los medios para cubrir espacios enormes con grandes arcos y bóvedas, y liberar al diseño arquitectónico de los modelos rectilíneos que se usaron en la arquitectura griega.
Las cubiertas concrecionadas hicieron posible la construcción de los grandes anfiteatros y baños del mundo romano, así como la cúpula del Panteón y algunos santuarios espectaculares en las colinas, como el de Fortuna Primigenia en Palestina (finales del siglo II d.C.). Debido a que los muros y cubiertas estaban hechas con moldes, los arquitectos comenzaron a experimentar configuraciones irregulares que proporcionaban un cierto dramatismo al interior de los edificios. Aunque la argamasa romana podía ser revestida con gran variedad de materiales, el ladrillo fue el más popular durante el imperio. De hecho, durante los dos siglos anteriores a nuestra era, el ladrillo llegó a ser apreciado por derecho propio como elemento de construcción en las fachadas de los edificios. Las fachadas de argamasa revestida de ladrillo se convirtieron rápidamente en el modelo favorito para los edificios grandes como las insulae o casas de apartamentos, las termas y los horrea o almacenes (como los horrea de Epagathius en Ostia, del 145 al 150 d.C.).
El uso intensivo de la mampostería y de los morteros de cal no podría más que llevar a los romanos a conjugar ambas técnicas para llegar a la aplicación generalizada de enlucidos protectores y decorativos sobre paredes. Estos primeros enlucidos consistían, según los numerosos modelos griegos de la Magna Grecia y de Sicilia, en revoques blancos, mezclas de cal y polvo calizo, destinados a dar una apariencia noble (la del mármol) a los monumentos de sillares de toba. Aplicados a la mampostería o la piedra desbastada, estos enlucidos cobran cuerpo hasta corregir las numerosas irregularidades de la superficie y recibir, en su opción decorativa, incisiones destinadas a evocar un dibujo de arquitectura de sillar.
La presencia de gruesos enlucidos de varias capas de mortero está atestiguada en Campania desde el siglo III a.C. y desde esta misma época su calidad es tal, que ha permitido la supervivencia de un cierto número de ejemplos testimoniales pompeyanos que superaron los cambios de modas y de propietarios. A decir verdad, los modos de aplicación no variaron demasiado y se encuentra, al menos en Pompeya, una técnica constante muy uniformizada, con sólo cuatro o cinco variantes, basadas en el mismo principio de la búsqueda de una buena fijación.
Si seguimos las prescripciones de Vitruvio (VII, 3), son siete las capas sucesivas, y de tres calidades distintas, las que componen los buenos enlucidos: una primera capa de cascajos, seguida de tres capas de mortero de arena y otras tres de mortero de polvo de mármol. Plinio, más modesto, sólo recomienda cinco: tres de mortero de arena y dos de cal y de mármol. A decir verdad, semejante lujo, recomendado por los autores para la preparación de paredes de decoración pintada, no se ha encontrado más que excepcionalmente en los monumentos romanos que se han estudiado y, en su gran mayoría, los tectoria, que son revestimientos tanto exteriores como interiores, solamente se componen de tres capas sucesivas. La primera capa, aplicada directamente sobre el soporte, no presenta ninguna dificultad de adherencia a las paredes de mampostería, ya que la rugosidad de mampuestos y ladrillos, así como el relieve de las juntas, son otros tantos artificios favorables. En el caso de las construcciones de arcilla, era conveniente preparar el paramento mediante incisiones practicadas en el material reciente con los dedos o con una espátula, incisiones que habían de adoptar una forma cimbreada o de espiga y que encontramos bien sobre la pared -si es que se ha conservado- bien impresa en el revés de la capa de enlucido.
El primer enlucido se compone de cal y arena no tamizada, para conservar una cierta rugosidad; su grosor, aunque muy variable en función del tipo y de las irregularidades del soporte será siempre el más importante (3 a 5 cm aproximadamente). Al quedar a veces la epidermis de esta primera capa demasiado lisa, los tectorii -albañiles especializados en enlucidos llamados a veces estuquistas- la retocaban con la llana para crear un relieve de líneas, aleatorias u organizadas, susceptibles de favorecer una adherencia óptima de la capa siguiente. Todas estas técnicas, demasiado especializadas para el ámbito de este estudio, tienen como finalidad mejorar la calidad de vida de los romanos en sus casas, que pasamos a describir.


Las viviendas romanas

Entre los romanos no existió un único tipo de vivienda, sino que la diferencia social y económica propició la variedad. La vivienda particular, ocupada por un solo propietario y su familia, se llamaba domus ; y las situadas en el medio rural se denominaban villae . Las viviendas construidas para recibir un cierto número de familias diferentes se llamaban insulae.
La vivienda primitiva en Italia debió ser una sencilla cabaña redonda, habitadas por labradores y pastores, llamadas casae y tuguria, término relacionado con el verbo “tego”, cubrir.
La construcción del tugurio era de materiales ordinarios con techumbre de paja. Presentaban una abertura rectangular en el techo que dejaba salir el humo y entrar la luz y el agua. Éste es el principio de la abertura en el centro de la casa romana, llamada compluvium en su parte superior, impluvium en el pavimento y atrium en el conjunto. El atrio (de “ater”, negro, por el humo del hogar), es un pequeño patio central rodeado por un pórtico, en torno al cual se disponen las habitaciones.


La domus

El modelo primitivo es de origen etrusco, de planta rectangular donde pueden distinguirse tres zonas: la entrada, un cuerpo central abierto al aire y la luz en su parte superior, en torno al cual estarían situadas las distintas dependencias, y un jardín en su parte posterior. Carece de vista exterior, las ventanas son escasas, pequeñas y irregulares, para ventilar o alumbrar alguna estancia que no comunicaba al patio central.
Suele tener un solo piso y las dependencias interiores están destinadas cada una a un uso concreto: el cubiculum era una alcoba, el triclinium el comedor, el tablinium la sala de visitas.
Este tipo de vivienda fue evolucionando con el tiempo y, sobre todo, tras el contacto con la cultura griega, ampliando nuevos elementos: peristylum, oecus, exedra, bibliotheca, etc. y se le llama de tipo pompeyano, porque en esa ciudad tenemos los mejores ejemplos conservados.
Las partes comunes de la casa son: vestibulum, fauces, atrium, tablinium, alae, andron y peristylum.
El acceso a la vivienda, que estaba elevada del nivel de la calle por uno o dos escalones, se hacía a través de la ianua, en donde estaba colocada una imagen del dios Jano; esta daba acceso a un corredor (vestibulum) enmarcado por unas columnas decoradas; los mosaicos del suelo suelen tener como motivo una leyenda de saludo (”salve”, “cave canem”); en esta pieza esperaban los clientes para dar los buenos días al dueño de la casa. A continuación, las puertas de dos hojas (fores) se abrían hacia el interior y daban paso a un pequeño corredor entre ellas y el atrio (fauces). Las viviendas podían tener una puerta lateral para la servidumbre (posticum).
De las fauces se pasaba al atrio, pieza central de la casa y punto de reunión de la familia; tenía una gran abertura central en el techo (compluvium), que se correspondía en el suelo con un estanque (impluvium), destinado a recoger el agua de lluvia para uso doméstico. Originariamente en el atrio ardía el fuego, trabajaba la familia, comía y dormía, pero luego entorno a él se abrieron habitaciones con funciones específicas: estancias para dormir (cubicula) sin ventanas y separadas del atrio por una cortina, una capillita (lararium) en la que se guardaban las imágenes de cera de los antepasados ante la que se hacían ofrendas y libaciones en cada comida y ardía siempre el fuego sagrado del hogar. Al fondo del atrio, frente a la puerta principal se encontraba el tablinum, que servía al padre de familia como despacho y archivo familiar. A espaldas de éste estaba el hortus, donde se cultivaban las hortalizas y frutas y se criaban animales para el consumo de la familia; cuando hacía buen tiempo se quitaba el tabique de madera que lo separaba del tablinum.
Tras el contacto con la cultura griega la domus romana se amplió hacia el interior y hacia allí se desplazó la vida familiar: el hortus se convirtió en un jardín rodeado de columnas (peristylum),adornado con estatuas y fuentes, y a su alrededor se abrieron más cubicula; al fondo la exedra, una estancia abierta al pórtico, servía para recibir y conversar sobre temas de trabajo; también se destinó una sala de dimensiones convenientes para comer, triclinium, ya que antes la comida se hacía en el tablinum; otra dependencia, oecus, se usaba como triclinio para cenas de gala. Para acceder del atrio al peristylo se construyó un pasillo (andron). En las casas más lujosas podía haber una biblioteca, orientada hacia el Este para aprovechar la luz y el calor del sol.
La estructura más antigua de la domus no tenía cocina; el fuego se encendía en el atrio y el humo salía por la abertura del impluvium. Al ampliarse la casa, se construye un lugar específico para el hogar (cocina), estancia muy pequeña situada normalmente detrás del atrio; constaba de un banco de ladrillo sobre el que se hacía el fuego con uno o varios hornillos (focus), pero sin chimenea, cocinando sobre trípodes o parrillas. Bajo este banco había un hueco donde se almacenaba la leña. Cerca de la cocina, para facilitar el agua caliente, estaba el baño (lavatrina), donde se lavaban los brazos y piernas todos los días y el cuerpo entero una vez a la semana; asimismo, próximo a la cocina está el horno para cocer el pan.
Las despensas, destinadas a guardar las provisiones (penus), estaban orientadas hacia el norte, para que no penetraran los rayos del sol ni los insectos; estaban a cargo de un superintendente, que entregaba al cocinero la ración necesaria para cada día. Había cámaras, algunas de ellas subterráneas en las que se guardaban el vino y el aceite, para las diversas provisiones: miel, uvas, pasas, fruta fresca, comida salada, etc.
En el interior, dada la pobre calidad de los materiales, las paredes se adornaban o bien con frescos o bien con mosaicos (opus musivum) o bien con los llamados emblema que eran una especie de cuadros portátiles. Decoraban las paredes de los comedores para deleitar la vista de los comensales y en los dormitorios como fondo de los lechos. En cuanto a los suelos, eran pavimentados o bien con losas de mármol claro con incrustaciones de mármoles verdes encarnados y sombreados, de forma que armonizara con la pigmentación de las paredes. Con estos mármoles se hacían verdaderos cuadros: combates de animales, escenas orgiásticas, etc. Otra manera de pavimentar el suelo eran los mosaicos que podían ser de dos tipos: el opus tessellatum (en el de la imagen, Pompeya, se recrea la imagen del ‘cave canem’), en le que las piedrecitas empleadas son todas cuadradas, empleándose por lo tanto en las ornamentaciones geométricas de cestones, listas y cenefas; y el opus vermiculatum, en el que se usan piedras mucho más pequeñas, con las que se podían formar verdaderos cuadros pictóricos. Este mosaico era una obra demasiado preciosa para ser pisada, por lo que sólo estaba destinada para deleite de los ojos.
A ambos lados del vestíbulo y abiertas a la calle se encuentran dos estancias (tabernae), destinadas al comercio, con un mostrador de obra y una trastienda: un entresuelo dividía el espacio vertical en dos huecos, de los cuales el superior estaba habitado por el propio tendero o una familia pobre.
El mobiliario era escaso y funcional; se limitaba a los objetos más indispensables: arcas, armarios, camas (lectus) que servían a los romanos no sólo para dormir sino también para comer recostados. Las mesas y asientos podían ser de diferente forma y material. Se servían de antorchas, velas y lámparas de aceite para la iluminación interior; para alumbrar la parte exterior de las viviendas se utilizaban antorchas con velas de sebo. Las habitaciones se calentaban por medio de braseros.


Las insulae

En su origen la insula era una vivienda completamente aislada y rodeada por todas partes de un jardín o una calle, es decir, lo que hoy llamamos una manzana.
Surgieron por la superpoblación, la falta de espacio y las duras condiciones económicas de la vida en Roma. Tenían hasta cinco pisos y abundantes balcones y ventanas al exterior para aprovechar más el espacio interior. Las dependencias no tenían características especiales en cuanto a disposición y estructura y se utilizaban según las necesidades familiares. Eran en general estrechas, poco confortables, carentes de agua corriente y retrete, con poca luz y hechas con materiales de mala calidad, por lo que los incendios y los hundimientos eran muy frecuentes. Las más grandes tenían un patio interior de luces y una o varias escaleras para uso común de los vecinos.
La insula solía alquilarse a personas pertenecientes a las clases populares. Pero entre los pobres y los ricos había una clase media que, teniendo como deshonra vivir en casa alquilada, se juntaban para comprar la insula y distribuirla luego en propiedades privadas. A esto se unía la especulación de quienes las realquilaban por pisos, por apartamentos (cenacula), por habitaciones e incluso partes de una habitación. 0


La villa

En sus posesiones en el campo (de 25 a 60 hectáreas) los romanos solían tener la villa rustica, destinada a ganado y a las tareas agrícolas, que excede del ámbito de este estudio.
Posteriormente se construyó la villa urbana en lugares pintorescos y aireados, convirtiéndose en una finca de lujo destinada al recreo y al placer del dueño y su familia, para descansar de los ajetreos de la vida política y social de la urbe, dejando la villa rústica al cuidado del villicus. Los dueños se rodearon de muchas piezas de arte, sobre todo copias griegas, que son las que en mayor número han llegado hasta nosotros.


El arte arquitectónico romano

El arte romano tiene dos fuentes esenciales de influencia artística: la etrusca y la griega. La aportación etrusca es importante porque se adoptará el arco, la bóveda, y la columna toscana en la arquitectura y el retrato en la escultura.
Las principales características de la arquitectura romana son su carácter práctico, su solidez y su monumentalismo. Sus principales monumentos arquitectónicos son los destinados a la vida civil y militar, más aun que los templos y los palacios. Usa indistintamente la arquitectura adintelada de influencia griega y la arquitectura abovedada de influencia etrusca ( bóvedas de cañón, de arista, anulares…). Entre los arcos emplean el de medio punto.
Asumen los tres órdenes griegos pero aportan dos órdenes nuevos más: el
toscano, similar al dórico pero con el fuste liso; y el orden compuesto, combinación del jónico y el corintio. Los romanos utilizan la columna más como elemento decorativo que como sustentante. Pero en lugar de indicaciones generales, sería preferible revisar alguno de los campos fundamentales de la arquitectura romana, principalmente estudiando las obras públicas.


Obras Públicas


Templos y santuarios

Primitivamente los romanos adoraban a las divinidades en lugares naturales, grutas, bosques sagrados… el recinto consagrado, con o sin edificios constituía un santuario. Los delubra eran, al principio, lugares consagrados en los que sacrificadores y oferentes debían purificarse con agua corriente; después el nombre pasó a designar la morada del dios.
El templo es la morada inviolable del dios al que está consagrado. Sólo los sacerdotes tienen acceso al santuario. El altar, en el que se ofrece los sacrificios, está siempre a su entrada. En el interior sólo hay la estatua del dios, entorno a la cual los sacerdotes depositan las ofrendas de sus devotos.
Se diferencian los templos romanos de los griegos en que están emplazados sobre un alto basamento. El templo principal de la ciudad de Roma, el Capitolio, estuvo por lo general localizado en un extremo del foro. El templo romano fue el resultado de una combinación de elementos griegos y etruscos: planta rectangular, tejado a dos aguas, vestíbulo profundo con columnas exentas y una escalera en la fachada dando acceso a su alto pódium o plinto. Los romanos conservaron los tradicionales órdenes o cánones griegos (dórico, jónico y corintio), pero, como decíamos antes, inventaron otros dos: el toscano, una especie de orden dórico sin estrías en el fuste y el compuesto, con un capitel creado a partir de la mezcla de elementos jónicos y corintios. La Maison Carrée de la ciudad francesa de Nimes (c. 16 d.C.) es un ejemplo excelente de la tipología romana en este aspecto. Los templos romanos no se levantaron únicamente en el foro, sino que aparecen también a lo largo de toda la ciudad y en el campo. Uno de los ejemplos posteriores más influyentes fue el Panteón (118-128 d.C.) de Roma, que consistió en el habitual vestíbulo o pórtico columnado cubierto a dos aguas, seguido por un espacio cilíndrico cubierto por una cúpula, sustituyendo la tradicional cella o habitación principal rectangular. Los templos rotondos, más simples, como el construido hacia el 75 a.C. en Tívoli, cerca de Roma, basados en prototipos griegos de cellas circulares perípteras, fueron también populares.
Otros templos, sin embargo, eran circulares, en recuerdo de la primitiva choza itálica. El más importante de este equipo es el de Vesta, edificio contiguo en el que vivían las Vestales, y la Regia, antigua residencia del rey Numa, constituyó, en los primeros tiempos, la parte más importante del Foro desde el punto de vista religioso. Su tejado, cónico y con abertura central, dejaba escapar el humo que producía el fuego sagrado, que constantemente debía arder en su altar, especie de hogar nacional.


Acueductos y termas

Roma fue y sigue siendo la cuidad de las fuentes. Numerosos acueductos conducían hasta ella, en al época imperial, más de un millón de metros cúbicos de agua al día. Estas audaces creaciones de la ingeniería romana salvaban las hondonadas mediante puentes colosales de arcadas superpuestas, y las montañas, con túneles que a veces sobrepasaban los dos kilómetros, vertían el agua en grandes depósitos, generalmente triples. Uno de ellos suministraba agua a las fuentes y estanques públicos, otro a los baños, y el tercero a las viviendas, a través de cañerías de plomo. Recortados en el cielo de campiña romana pueden verse aún los restos de catorce acueductos. En la Provenza, cerca de Nimes, el Pont du Gard cruza el valle mediante un puente de 269 m y 50 de altura, algunos de cuyos arcos miden más de 24 m de luz. En España podemos admirar los de Segovia, Mérida y Tarragona.
La abundancia de agua permitía satisfacer la afición al baño caliente, tan generalizada entre los romanos, que no se lo negaban ni a los esclavos. Los ricos tenían instalaciones de baño en sus casas; los pobres disponían de baños públicos. Las termas, imitadas de Grecia, presentan, como innovación típicamente romana, un campo de deporte anejo. Constaban de varias salas: las de desnudarse; un gran recinto abovedado y tibio; el baño caliente; el baño frío; el baño de vapor, habitación pequeña y circular muy caliente cuya temperatura se regulaba mediante un disco metálico pendiente de unas cadenas y que cerraba más o menos la abertura central de la cúpula. Tenían además salas de reunión, biblioteca y gimnasios y estaban decorados con magnificencia: mármoles, mosaicos, estatuas y otras obras de arte. El sistema de calefacción fue inventado por un romano de la época de Cicerón. Consistía en un horno, construido bajo una cámara especial; irradiaba aire caliente por una tubería, a través de cavidades dispuestas en un suelo de doble piso y de paredes de ladrillos huecos.


Alcantarillado

Por otra parte, el crecimiento de la ciudad obligaba a la realización de costosas obras de ingeniería, en los que fueron los romanos maestros consumados. Por debajo de las calles corría una rápida red de alcantarillado (destaca en este punto la Cloaca Máxima de Roma), y en cada esquina importante de la ciudad vertía sus aguas una fuente municipal, alimentada por uno o varios acueductos.


Puentes

La utilización del arco y de la bóveda como soluciones arquitectónicas aparece en otra clase de obra de ingeniería: los puentes. Estos elementos arquitectónicos, a los que fueron especialmente aficionados los romanos, les permitieron salvar largas distancias uniendo los extremos opuestos de los valles y las orillas de los ríos. En realidad, puentes y acueductos presentaban el mismo problema: construir arcos de piedra estables y resistentes.


Basílicas

Otra construcción pública era la basílica que tenia planta rectangular y constaba de tres naves separadas por columnas. La nave central era más alta que las laterales y terminaba en un ábside en su cabecera. Se solían cubrir con bóvedas. Las basílicas romanas albergaban las transacciones comerciales y los procesos judiciales, pero este edificio se adaptó en tiempos cristianos, convirtiéndose en la tipología de iglesia occidental con un ábside y un altar al final de la nave mayor. Las primeras basílicas se levantaron a comienzos del siglo II a.C. en el propio foro romano, pero es en Pompeya donde se encuentran los ejemplos de basílicas más antiguas y mejor conservadas (c. 120 a.C.).
En la Hispania romana se ha descubierto, gracias a diferentes excavaciones y a los vestigios arqueológicos, la planificación de algunas de las más importantes ciudades hispanorromanas, como Baelo Claudia en Cádiz, Itálica cerca de Sevilla (fundada por Publio Cornelio Escipión el año 206 a.C.), Emerita Augusta (Mérida), Caesar Augusta (Zaragoza) o Tarraco (Tarragona).
Las tiendas y los mercados Los edificios lúdicos y las tiendas estaban diseminados por toda Roma. Generalmente las tiendas eran de una sola habitación (tabernae) abiertas a las aceras. Muchas muestras, incluyendo las que asociaban el molino con la panadería, se conservan aún en Pompeya y en otros lugares. A veces, se construyó un complejo unificado de tiendas, como los mercados de Trajano en la colina del Quirinal en Roma, que incorporaron numerosos locales comerciales (tabernae) en diferentes niveles y grandes vestíbulos abovedados de dos pisos.


Los teatros y anfiteatros

Los teatros romanos aparecieron por primera vez al final del periodo republicano. Constaban de un alto escenario junto a un foso semicircular (orchestra) y un área circundante de asientos dispuestos en gradas (cavea). A diferencia de los teatros griegos, situados en pendientes naturales, los teatros romanos se construyeron sobre una estructura de pilares y bóvedas y de esta manera pudieron ubicarse en el corazón de las ciudades. Los teatros fueron populares en todos los lugares del Imperio.
Podemos encontrar ejemplos impresionantes en Orange (principios del siglo I d.C., Francia) y en Sabratha (finales del siglo II d.C., Libia). Los teatros de Itálica y de Mérida fueron realizados en tiempos de Augusto y de Agripa, respectivamente. El segundo de ellos, aunque presenta diferentes fases constructivas, destaca por su pórtico a modo de gran fachada trasera del escenario (frons scaenae) del siglo I d.C. y por su orchestra semicircular. Los anfiteatros (literalmente, teatros dobles) tuvieron planta elíptica con una pista (arena) central, donde se celebraban combates entre gladiadores y animales, y un graderío alrededor similar al de los teatros. El anfiteatro más antiguo conocido es el de Pompeya (75 a.C.) y el más grande es el Coliseo de Roma (70-80 d.C.), que podía albergar a unos 50.000 espectadores, más o menos la capacidad actual de los estadios deportivos. En la Hispania romana destacan los anfiteatros de Mérida, Tarragona e Itálica.
Los circos o hipódromos se construyeron también en las ciudades más importantes; la plaza Navona de Roma ocupa el lugar de un circo que fue construido durante el reinado de Domiciano (81-96 d.C.). En las ciudades de Tarragona, Sagunto y Toledo pueden hoy día contemplarse algunos restos de antiguos circos romanos.


Los enterramientos romanos

La tumba sepulcral fue un tipo de construcción que casi siempre estaba emplazada fuera de la urbe propiamente dicha, por ello solo mencionamos casos singulares. El emperador Augusto construyó su propio mausoleo en Roma entre los años 28 y 23 a.C., un gigantesco tambor macizo coronado por un túmulo, recordando los sepulcros de tierra de la época etrusca. El emperador Adriano erigió en el otro lado del Tíber un mausoleo aún mayor, construido para él mismo y sus sucesores (135 d.C.-139 d.C.), que en el siglo V se transformó en el castillo de Sant’Angelo. Un potentado contemporáneo a Augusto, Cayo Sestio, eligió hacia el año 15 a.C. una pirámide sepulcral, mientras que en la misma época un próspero panadero, Marcus Virgilium Eurysaces, decoró su tumba con un friso en el que se detallaban las diferentes fases de la cocción del pan. Las personas con menos recursos, los libertos en particular, fueron enterrados en tumbas comunales llamadas columbaria, en las que las cenizas de los fallecidos se depositaban en alguno de los innumerables nichos diferenciados por una simple inscripción. Se erigieron también grandes tumbas verticales, como la realizada en honor de la familia patricia de los Julios en Saint-Rémy de Provenza (Francia). Su mausoleo, construido hacia el 25 d.C., consiste en una gran base bajo un cuerpo de cuatro arcos y un pequeño templo circular rematado por dos estatuas. Los sepulcros también podían estar horadados en las laderas de las montañas, con portadas monumentales talladas en los taludes de piedra, como en la necrópolis romana de Petra (actual Jordania).
La denominada Tumba o Torre de los Escipiones (primera mitad del siglo I d.C.) constituye uno de los mejores sepulcros conservados en la Hispania romana. Localizado cercano a Tarragona, presenta un aspecto de torre con cuerpos superpuestos, en los que se colocaron esculturas del dios Atis y bajorrelieves que quizás representan a los difuntos para los que se realizó el monumento, supuestamente rematado por una pequeña pirámide.
Las columnas rostrales y los altares Ocasionalmente se levantaron también columnas historiadas, con frisos de bajorrelieves en espiral, relatando con gran detalle las campañas militares de los romanos. La primera y más grande de ellas fue la del foro de Trajano (113 d.C.) de Roma, levantada por el arquitecto Apolodoro de Damasco. Describe las actividades de la armada romana en su guerra contra los Dacios, en la frontera septentrional del Imperio (actual Rumania). Los relieves históricos adornaron también grandes altares como el Ara Pacis de Augusto (fechado en Roma del 13 al 9 a.C.), cuyos relieves celebran el inicio con Augusto de la pax romana, la gran época de paz y prosperidad del Imperio romano.


Los arcos de triunfo

Por último vamos a tratar los arcos de triunfo, que levantados en todas las partes del imperio se destacan como uno de los monumentos más importantes de la época, e influyentes en épocas posteriores. Aunque casi ninguno de los grandes grupos escultóricos (a menudo cuadrigas) que alguna vez remataron estos arcos ha subsistido, el propósito originario de tales construcciones fue únicamente servir de soporte a la estatuaria honorífica. Los arcos primitivos eran muy sencillos pero bajo Augusto y los emperadores posteriores se fueron complicando. Con el tiempo se convirtieron en verdaderos soportes propagandísticos, recubiertos con series extensas de bajorrelieves, anunciando las victorias y las grandes hazañas de los emperadores. Las imágenes solían representar acontecimientos históricos concretos, pero frecuentemente se desarrollaron también temas alegóricos en los que el emperador podía aparecer en compañía de los dioses o recibiendo el homenaje de los pueblos conquistados.
Entre los arcos más importantes conservados en Roma están el de Tito (c. 81 d.C.), en el foro romano y el de Constantino (315 d.C.) cerca del Coliseo. En los dos bajorrelieves del arco de Tito se representa el desfile triunfal del emperador, los tesoros del gran templo de Jerusalén. El arco de Constantino presenta una mezcla de relieves reutilizados de monumentos más antiguos y otros realizados especialmente para dicho arco. Los medallones y frisos muestran una gran cantidad de temáticas, incluyendo escenas de batalla, sacrificio y distribución de dádivas. En los relieves antiguos la cabeza de Constantino fue labrada en sustitución de las de sus predecesores. Esta remodelación de los relieves antiguos fue algo corriente en la Roma imperial.
Los monumentos de los emperadores condenados a título póstumo por el Senado (damnatio memoriae) fueron modificados o destruidos.
Algunos arcos decorados con suntuosidad pueden contemplarse también fuera de Roma. En Benevento, en el sur de Italia, se levantó hacia el 114 d.C. un gran arco con 14 placas en las que se rendía homenaje a Trajano. En Orange, Francia, el arco de Tiberio (225 d.C.) se decoró con representaciones de las tropas militares y de los prisioneros fronterizos, escenas de los romanos luchando contra los galos, escudos y armas de los prisioneros. En España se conservan en la actualidad los arcos de Bará en Tarragona, el de Caparra en la ciudad antigua de Capeta (Cáceres) y el de Medinaceli en Soria. El primero de ellos presenta un único vano central, el segundo de ellos, de finales del siglo I d.C., presenta una configuración cuadrifonte y el tercero una estructura tripartita, con un arco central más grande flanqueado por otros dos de menor tamaño.
Acabemos esta exposición con un párrafo de M.A. Elvira Barba: “A medida que fue avanzando el siglo IV……. la diferenciación entre Oriente y Occidente llegó a afectar a la propia supervivencia de las ciudades: mientras que en Asia y Egipto se mantuvo la actividad urbanística…. en Europa se aprecia una asombrosa contracción de la vida ciudadana: lagunas urbes, como Lugo, se amurallan ante la inseguridad de los tiempos y muchas grandes familias de terratenientes se trasladan a sus propiedades para evadir la presión fiscal”. El urbanismo monumental, como había sido entendido en Roma, desaparece y comienzan los años oscuros de la Edad Media.


BIBLIOGRAFÍA

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